Facundo Martinez

Facundo Martínez nació en la llamada Tira dels Rics de Mislata, en el seno de una familia acomodada dedicada a la fabricación de cal, yeso y materiales de construcción. Su vida quedó marcada desde la infancia por la tragedia: al inicio de la Guerra Civil, su padre fue detenido y fusilado en Paterna por su vinculación política. La pérdida destrozó a la familia. Su madre quedó profundamente afectada y Facundo, siendo apenas un niño, tuvo que asumir con el tiempo una responsabilidad que lo acompañaría durante toda su vida.


Tras la guerra regresó a Valencia y retomó el negocio familiar. A partir de los años cincuenta comenzó su trayectoria como constructor, encontrando en la reconstrucción de la ciudad tras la riada de 1957 el escenario perfecto para desarrollar su creatividad. Más que edificios, Facundo construía universos propios. Gracias a su independencia económica pudo convertir la arquitectura en una forma de expresión personal, llenando sus obras de luz, color, vidrieras, azulejos diseñados por él mismo y una exuberante mezcla de materiales que rompía con la uniformidad de la época.

Junto a Antonio Camarasa, decorador y colaborador inseparable, desarrolló un lenguaje arquitectónico único que hoy conocemos como el “estilo facundiano”. Sus edificios, fácilmente reconocibles por sus formas geométricas, barandillas escultóricas, voladizos y elementos ornamentales, poseen además una singularidad poco común: cada uno tiene un nombre propio y una decoración vinculada a ese nombre, convirtiendo la arquitectura en un relato visual.

Profundamente religioso y al mismo tiempo obligado a ocultar su homosexualidad en la España de los años cincuenta y sesenta, Facundo vivió una constante contradicción entre su vida pública y privada. Esa dualidad también formó parte de su personalidad y de su obra. Su casa de Mislata, concebida como un homenaje a su madre, fue quizá la máxima expresión de su universo creativo.

Sin embargo, tras décadas de éxito y prosperidad, llegaron las dificultades económicas. El hombre que había sido uno de los constructores más singulares de Valencia terminó sus últimos años trabajando en un modesto garaje de la avenida del Puerto, acosado por las deudas y alejado del reconocimiento que había disfrutado en el pasado. La venta de la casa familiar, a la que estaba profundamente ligado emocionalmente, supuso un golpe del que nunca llegó a recuperarse. Falleció en 2005. No sin dejar otra de sus contradicciones: murió con 75 años, pero en su lápida quiso que pusiera que tenía 69 años, fue enterrado vestido de nazareno, y para la foto de la lápida eligió una foto de él con unos 40 años.

Hoy, la obra de Facundo Martínez sigue formando parte del paisaje urbano valenciano como un legado único e irrepetible. Sus edificios representan una forma de entender la arquitectura como arte, emoción y libertad creativa. Recuperar y preservar su memoria significa también reivindicar una parte esencial del patrimonio visual, arquitectónico y cultural de Valencia. Quizá haya llegado el momento de hacer justicia a la figura de un creador que llenó de luz, color y fantasía una ciudad que durante mucho tiempo fue gris.